lunes, 16 de marzo de 2015

Manada


En medio del bosque, bajo la luna llena, como un mismo ser, acudimos al llamado de nuestra naturaleza salvaje.

Podrá parecer que el tema de los hombres lobo ya está gastado, pero siempre trato de buscarle el lado original a las cosas y para hacer a esta historia algo fuera de lo común, la narré en primera persona del plural y tiempo presente. Una mezcla interesante, sin duda, que cumple con otro punto de los 'retos de escritura' de los que les contaré más adelante.
Meterse dentro de una mente colectiva, pensar como varios y como uno a la vez, sentir como siente una manada, fue un desafío. 
Este relato también nació de un concurso "cuenta la canción". El tema es "Of wolf and man" de Metallica. Me hubiera encantado ponerles la versión con la Sinfónica de San Francisco, pero quería que esté con la letra, porque es la que inspira el relato y no encontré ninguna buena disponible. Les dejo la versión original y les recomiendo que busquen la otra en YouTube, para los que no son muy amantes del metal, les puede resultar más llevadera. 


Manada

Otra noche de campamento, solos en el bosque. Al menos eso es lo que nuestras familias piensan. Pero lo que ellos no saben, es que hora tenemos otra familia.
Somos varios, esperando en claro del bosque, con los últimos colores del atardecer tiñendo el horizonte. Nuestros corazones retumbando en la garganta, tomados fuerte de las manos.
Somos un mismo ser, una mentalidad única, un sentimiento colectivo. Somos una manada.
Expectantes, aguardamos a la luna llena que pronto asomará entre las montañas. Seremos libres, hasta que el sol salga nuevamente.
El llamado de la naturaleza es tan fuerte. No podemos esperar más. La anticipación a la fiesta de esta noche… es insoportable.
La luna llena finalmente avanza sobre el horizonte, levantándose con pesadez. Distorsionada. Un gigante rojizo que se va decolorando amarillento a medida que toma altura. Se ve más pequeña, pero se hace más poderosa.
Nuestros cuerpos cambian. Se encorvan, el pelo crece, garras y colmillos asoman de modo amenazante. Cola, grandes orejas, un largo hocico. Nuestra forma lupina ha reemplazado a la humana.
La felicidad nos invade, nos llena de una forma tan absoluta, que desplaza al dolor de la carne desgarrada, huesos y articulaciones doblados hasta quedar en cuatro patas.
Sin terminar aún la metamorfosis, corremos entre los árboles, saltamos sobre los arbustos, nos revolcamos en la tierra, correteamos como cachorros desesperados a los que acaban de soltarle la correa.
La luna está en su cénit. Ha terminado la hora de juegos y llega el momento de comer.
Asechamos entre la niebla y la espesura, buscando nuestra presa. No es hambre lo que sentimos: es el deseo de tomar la vida de otro ser.
Sentir su corazón sucumbir bajo nuestras garras, la sangre tibia goteando de nuestros hocicos, fuertes quijadas apretando el cuello de la víctima, sofocándola, hasta que los latidos se extingan.
No somos crueles. No lo hacemos por odio, sino por necesidad. Debemos satisfacerla. Así es nuestra naturaleza. De la misma forma que está en nuestras venas responder al llamado de la luna llena mientras los demás duermen.
Pero no todos lo hacen. Hay alguien aquí, lo sentimos, lo olemos.
Las narices al viento captan su olor, su dulce aroma tibio y vital.
Nuestros sentidos se agudizan. La vemos, ella viene sola por la carretera.
La oímos, su respirar dificultoso mientras pedalea en una vieja bicicleta.
Queremos tocarla, poner nuestras garras sobre su tierno cuerpo.
Queremos saborearla y brindarle a la tierra el regalo de su sangre.
Nos ve, quiere gritar… huir, pero ya es demasiado tarde para cualquiera de esas cosas, ella ya es nuestra.
Pero no la matamos, no. Le damos la oportunidad de comprender el significado de la vida, de volver a la naturaleza en su estado más puro.
Será nuestra hermana. Pronto cambiará de forma, su lobo interior será libre.
Juntos elevaremos la nariz al viento y todos nuestros sentidos se despejarán.
La manada crecerá. Unidos como un mismo ser, saldremos a correr y a cazar. Regalaremos a la tierra la sangre de nuestras víctimas, para alimentar el ciclo interminable de la vida y la muerte.

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