jueves, 9 de abril de 2015

Llamarada

Se acerca el final. Los Recolectores vienen por las almas de las víctimas. El fuego consume la tierra. ¿Sobrevivirá la raza humana?




Este relato es inédito, recién salido del horno. Cuando hice una entrada sobre "La historia dentro de la canción", propuse que me dieran un tema cualquiera para escribirle un relato. El favorecido ha sido "Prayer" de Disturbed. Tiene un video muy intenso, que me ha inspirado tanto como la letra. Fue instantáneo: pensé en ángeles y en el apocalipsis.
He aprovechado este relato para afinar un poco mi método de escritura basado en temas musicales, así que pronto tendrán una ampliación de esa entrada, o al menos eso espero.
Ojalá disfruten el relato y dejen sus comentarios.
¡La casa está tomando pedidos: el que quiera un relato, que tire una canción!


Llamarada

Los acontecimientos de ese día aún están tibios en mi mente. Tengo muchos recuerdos acumulados en mi memoria infinita, pero los eones algunas veces me confunden y las situaciones se desdibujan. Sin embargo, al día de la Llamarada… lo guardo con mayor nitidez.
Un día intenso, sin duda. Tantas vidas extinguidas. Miles de millones de almas para acarrear.
Soy un Recolector, lo he sido desde hace milenios y lo seguiré siendo, hasta que la raza humana se extinga, pero eso no ha sucedido, todavía.
Ante la llegada de la Llamarada, fui a esa calle atestada de gente, buscando un par de almas en particular. ¡Allí había tantas para cosechar!
El sufrimiento se respiraba en el aire. Esas infelices personas, hundidas en su pesar, ya estaban perdidas, con el cuerpo corrompido y el espíritu roto.
El cielo se veía claro, demasiado claro para esa hora de la tarde. La gente no parecía notarlo, concentradas en sus propios problemas, buscando inútiles soluciones.
Las aves huían en bandadas, desesperadas, giraban en círculos sobre los altos edificios.
El calor era insoportable y sin embargo todos trataban de seguir con su rutina, de la misma manera indiferente con la que podían pasar junto a un mendigo si tirarle una moneda, o al lado de una mujer tirada en el suelo, sin tener la necesidad de ayudarla. Impasibles ante sus propios actos de frialdad, aunque un pastor les gritara que el mundo llegaría a su fin y que era hora de cambiar.
¿Sabía él si sus palabras eran verdad? ¿Podía presentir la inminente llegada de los ángeles?
Suciedad, polución, destrucción, violencia… inmundicia humana. Todo en una sola calle. Me sorprendía el potencial destructor de esa gente, aún en los actos más insulsos de su rutina.
Un ladrón le quitó a un hombre el salario que acababa de cobrar. Salió corriendo con su botín y en la carrera empujó a varias personas que iban por la acera —otro espécimen ideal para esa colección decadente—. Uno de los sujetos que sacó de su camino, portaba un alma que yo había ido a buscar especialmente. No había tiempo que perder.
La espalda del sujeto dio contra las vigas que apuntalaban una obra en construcción y al quitarlas, la pared cedió, cayendo sobre él en un derrumbe de escombros y hierros oxidados. 
Él solía ser uno de los delincuentes más grandes y poderosos de ese lado de la cuidad, así que me di el gusto de dejar que perdiera la vida por culpa de un ladrón insignificante, apenas un carterista.
Me gusta disfrutar de las ironías y las provoco siempre que tengo la oportunidad, solo que en esa ocasión, me supo a poco.
Vi venir en su auto al otro que estaba esperando. Entonces, una niña salió corriendo de entre los coches estacionados, atravesándose en su camino. Su reacción fue la que yo esperaba: en un acto reflejo, giró en forma abrupta, saliéndose de la calle. Impactó contra una obra de reparación de los conductos de gas.
Eso también me supo a ironía, y quizá, con un sabor mejor. Que un asesino como él, que había tomado tantas vidas, muriera a causa de evitar matar a la única víctima que le había sido ofrecida especialmente, tenía un encanto poético. Pero eso no cuenta como acto de redención. Tómenlo como una elegante salida de escena, con una hermosa explosión.
Ese estruendo sonó a música en mis oídos. Como la voz de un poderoso tenor acompañada del coro de ángeles reverberando ente los edificios, anunciando su llegada.
Ya podía ver el destello dorado de sus alas acercándose, encandilando tanto como la Llamarada refulgente que brillaba detrás de ellos, recortando sus figuras, difuminando su sombra. Entonaban su oración celestial, mientras llagaban a recolectar su cuota de almas.
Yo entoné mi propio rezo como un llamado.
“Regresen a mí” ordené y los escombros temblaron.
“Vuelvan a mí” mandé y crujieron los hierros del auto en llamas.
Las almas oscuras se levantaron, desprendiéndose de sus cuerpos sin vida.
Al tiempo que ellos se unían a mí, desplegando nuestras negras alas, la Llamarada impactaba en la tierra, abrasándola.
El fuego solar lamía la superficie de todo el planeta, arrebatándole la vida.
Los edificios se derrumbaban, aplastando todo a su paso. El caos desbordaba.
La gente se quemaba desde adentro por la brutal radiación solar que azotaba la Tierra.
Entre los llantos y gemidos que resonaban en mi cabeza, mi rezo se encendió con pasión.
“Vengan mí, almas atormentadas”.
Mendigos, prostitutas, ladrones, corruptos, se levantan de sus cuerpos inertes para unirse a nosotros.
“Vengan a mí, entréguense al fuego”.
Todas esas almas me pertenecían, las había comprado hace tiempo. 
“Vengo a tomarlo todo”.
El sufrimiento de sus últimos días, era parte del trato, pero vivir, no era lo suficientemente difícil para ellos. Pronto sabrían lo que era el verdadero infierno.

Solo un rezo necesito para recolectar miles almas. Aquella, fue una oración especial, por eso la recuerdo. Hoy entonaré la plegaria más poderosa. Cuando llegue la segunda Llamarada, iré a recolectar almas y me traeré hasta la última que exista. Para mañana ya se habrá consumido la raza humana.


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